El paradigma de insinceridad

La tercera categoría de hombres está compuesta por quienes alguna vez tuvieron fe o anhelaron la inmortalidad personal y, ante la imposibilidad de encontrar argumentos racionales para sostener esa fe o anhelo, dicen haber encontrado consuelo en la meditación filosófica. Unamuno desconfía de la sinceridad de estos hombres, pues no cree posible aquietar el alma, si alguna vez se ha anhelado la inmortalidad y no se ha logrado aquietar ese anhelo. El paradigma de insinceridad, es decir, de anhelo de inmortalidad personal falsamente aquietado en la filosofía es, según Unamuno, el caso de Spinoza. Aun cuando Unamuno no los nombra en este contexto, probablemente esté pensando en David Hume (171 1 -1776) como filósofo representativo del primer grupo de hombres y en Immanuel Kant (1724-1804) como ejemplo del segundo (para quien la inmortalidad es un postulado de la razón práctica)9°. Esta clasificación ofrece varios problemas e invita a releer los primeros cuatro capítulos de la obra, pues aparentemente contradice en cierta medida algunos comentarios que Unamuno había efectuado anteriormente sobre Spinoza.

Con respecto a la primera categoría, cabe notar que Unamuno antes se había referido a Spinoza como un “intelectualista” en moral, que comete el error de reducir el problema de la felicidad a la búsqueda de la definición de “felicidad”. Spinoza es ejemplo de racionalista puro que nunca sabrá ética, pues la felicidad no es una cosa que se razona y se define, sino que se vive y se siente. Si, como dice de Unamuno, Spinoza era un racionalista puro, ¿por qué no lo ubica en la primera categoría, es decir, la de aquellos que aseguran que con la razón les basta y que no necesitan el anhelo de inmortalidad como aliciente moral? Unamuno responderá que Spinoza tenía un hambre loca de inmortalidad y de eternidad, es decir, hambre de perpetuarse. Esto es suficiente para excluirlo de la primera categoría. Sin embargo, con respecto a esta primera categoría de hombres, surge de inmediato otro problema más grave aún. Según el examen de la doctrina spinocista del conatus, que Unamuno interpreta y hace suya en el primer capítulo -“El’hombre de carne y hueso”-, ¿no resulta acaso virtualmente imposible que haya hombres que no tengan un deseo continuo de perpetuarse? Retomaré enseguida esta cuestión. Otro problema no menos grave se plantea con respecto a la segunda categoría. ¿Por qué Spinoza no se incluye entre quienes afirman: “Cumplamos aquí con nuestro deber, y sea luego lo que fuere”? Al comienzo del capítulo 5 Unamuno examina con cierto detenimiento la E, V, P41, donde Spinoza deslinda nuestro conocimiento acerca de la inmortalidad del alma y el problema moral. ¿Cuál es la interpretación que hace Unamuno de esta proposición y de su escolio y cómo interpreta la relación entre moral e inmortalidad en Spinoza? Este será el segundo problema que someteré a la consideración de ustedes.

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