Una alegría secreta

Mi interés por René Descartes (1596-1650) fue renovado en gran medida hace años -en 1991- por una invitación que me hicieron Laura Benítez y José Antonio Robles para participar en una reunión sobre el problema mente-cuerpo. En esa ocasión leí un trabajo que luego fue publicado en México y que llevaba por título una cita de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716): “¿Abandonamos la partida? Algunas reflexiones sobre el problema mente-cuerpo en Descartes”32 . Años más tarde Laura y José Antonio volvieron a invitarme al Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, esta vez para formar parte, durante unos días, de un grupo de investigación sobre filosofía cartesiana y la constitución del sujeto moderno. Presenté entonces un escrito cuyo título era “La libertad de pensamiento, fundamento de la moral provisional”. En ambas ocasiones, pero muy especialmente en la última, tuve oportunidad no sólo de someter a discusión mis trabajos, sino también de leer y comentar las investigaciones que estaban realizando diferentes miembros del grupo de cartesianos dirigidos por Laura. El presente trabajo es en gran medida producto de esta historia. Aun cuando versa más específicamente sobre el tema de la libertad y la generosidad, es en realidad un intento de ubicar el Tratado de las pasiones del alma [1664]33 en el conjunto de la obra cartesiana. El interés por este texto, que antes yo tenía -ahora sé- injustamente postergado, se me despertó al leer varios de los trabajos del grupo de investigación mexicano. Del último viaje me fui con la tarea de volver a leer Las pasiones del alma y revisar mis prejuicios contra esta obra. Éste es, en parte, el resultado. ¿En qué consistía mi prejuicio contra este tratado? Básicamente, en lo siguiente. En las Meditaciones metafisicas [1641] Descartes nos enseña a distinguir los cuerpos extensos y que no piensan, del pensamiento inextenso. Todas las meditaciones, salvo la última parte de la última meditación, son una serie de ejercicios espirituales destinados a aprender a distinguir pensamiento y extensión.

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¿Descartes abandonó realmente la partida?

¿Descartes abandonó realmente la partida? ¿Debemos nosotros abandonarla, tal como lo aconsejan algunos pensadores postmodernos? Yo no estoy en posesión de las respuestas a estos problemas. Incluso tengo serias dudas acerca de cuál fue la respuesta que el propio Descartes les dio. Les pido, por tanto, que consideren este trabajo como la presentación de un problema o de una serie de problemas que nos vienen preocupando desde la publicación de las Meditaciones. Quizás convendría que resuma mis principales puntos de vista, así ustedes podrán luego seguir el hilo de mi exposición con mayor facilidad, reconociendo en qué están de acuerdo y en qué, en desacuerdo. Considero que el estado de la cuestión es el siguiente. manera de explicar cómo el cuerpo podía pasarle algo al alma y viceversa. Por un lado, están quienes discuten si el dualismo sustancialista de Descartes, sumado a su concepción de la causalidad, permite o no permite explicar la unión y la interacción cuerpo-alma. Los temas básicos en discusión son qué entiende Descartes por sustancia, atributo y modo, y en qué consiste su principio de la causalidad.

Por otro lado, están quienes acusan a Descartes de haber legado a la posteridad un problema mal planteado. La relación del conocimiento -afirman- no es la relación fundamental entre el hombre y el mundo. No hay por qué reducir al hombre a un sujeto epistemológico que busca certeza. La filosofia no tiene por qué limitarse al proyecto moderno que consiste en examinar ideas en la mente. No entremos en discusiones -nos dicen-, simplemente abandonemos el camino de Descartes. Hay que emprender otro tipo de tarea intelectual, aun cuando no siempre quede claro de qué clase de tarea se trata Ambas posiciones comparten un común denominador. Unos para ahondar su estudio, otros para abandonarlo, consideran que Descartes mismo planteó el problema de la distinción cuerpo-mente elaborada a lo largo de las Meditaciones. Esta interpretación de Descartes es tan antigua como sus propios textos. Consta en las objeciones; la formulan Spinoza, Leibniz, etc.

 

Jean-Jacques Rousseau: la metafísica supeditada a la moralidad – Parte 2

(continuación de primera parte)

La filosofía ya no tiene la supuesta misión de enriquecer al hombre con un tesoro engañoso de saber especulativo, sino que su tarea es despejar el terreno para que el hombre pueda enfrentarse con su destino moral. En palabras del propio Kant:

Yo mismo soy, por inclinación, un investigador. Siento una gran sed de conocimiento y la afanosa inquietud de seguir adelante, y cualquier progreso produce en mí una gran satisfacción. Hubo un tiempo en que creía que todo esto podía constituir el honor de la humanidad y despreciaba a la plebe ignorante. cursos online gratis. Pero Rousseau me ha sacado de mi error. Aquella quimérica superioridad ha desaparecido; he aprendido a honrar al hombre, y me consideraría muy por debajo de cualquier obrero si no creyera que los esfuerzos del pensamiento pueden dar un valor a los demás y contribuir a restaurar los derechos de la humanidad. aprender inglés

La pregunta acerca del origen radical de las cosas estaría pecando, según esta concepción de Kant, de curiositas. Y es Rousseau, según él mismo confiesa, quien reorientó su meta de pensador. De igual modo comprende Kant que la necesidad moral de creer en Dios no implica la necesidad de demostrar a priori su existencia. Ahora bien, aunque no haya un tratamiento explícito de la pregunta de Leibniz y las objeciones de Hume, la Crítica de la razón pura retoma estos problemas y ofrece un nuevo punto de vista desde el cual considerarlos.