Cuando el sistema de gobierno es democrático

No hay un orden moral natural con el cual concordar. Bien y mal son lo que le conviene a cada uno. La cada vez más insistente crítica -i. e. opinión pública- del iluminismo es una crítica despolitizada que no asume la responsabilidad de las consecuencias políticas del ejercicio de esa crítica y terminará socavando las bases del absolutismo. En lo que respecta a la tesis de Koselleck, creo que Hobbes y Spinoza prestaron debida atención a la función de la opinión pública y diseñaron un orden político en el cual la crítica no debía conducir a la crisis del Estado. Tiene razón Koselleck al señalar la despolitización de una opinión pública que no se hace cargo de las consecuencias políticas de su libre ejercicio. Pero considero que Hobbes y Spinoza fueron plenamente conscientes de la necesidad de despolitizar la opinión pública, esto es, de tornarla políticamente impotente. Previeron, y conjuraron, los efectos sediciosos de la crítica. Para ello exacerbaron el poder del soberano, en quien descansa toda la responsabilidad por el mantenimiento de la paz. La despolitización de los súbditos reconoce, sin embargo, un límite preciso: la obtención de obediencia. Garantizada la obediencia, cualquier crítica es posible pues es políticamente ineficaz. En definitiva, creo que Hobbes y Spinoza previeron las consecuencias políticamente críticas que implicaba la opinión pública y la expresión de opiniones y le prestaron debida atención; e intentaron paliadas insistiendo en que el contenido básico de la religión remite a la obediencia al soberano civil y en que es lícito expresar cualquier opinión siempre y cuando esto no signifique retacear obediencia al soberano. Por otra parte, no creo que Hobbes y Spinoza hayan previsto el problema acerca de la necesidad de una relación nueva entre teoría y práctica tal como lo señala Habermas. Sin embargo, cada uno a su manera algo tuvo que decir acerca de este nexo. Según Spinoza, la libertad de expresión no era tan sólo un derecho compatible con el mantenimiento de la paz sino que era un requisito indispensable para mantenerla. Este requisito se toma especialmente evidente cuando el sistema de gobierno es democrático, pues la búsqueda de consenso es explícita. Cuando cada uno expresa libremente sus deseos y aspiraciones se decanta la solución más racional. En el libre mercado de las opiniones termina prevaleciendo la razón sobre las pasiones. Cada hombre cae en la cuenta de lo que realmente es bueno para él, y éste sería motivo suficiente para actuar de esa manera. Hobbes considera indispensable que sus ideas circulen libremente entre los súbditos, pues el mundo está gobernado por la opinión pública y la lectura de sus libros los persuadirá acerca de la conveniencia de obedecer al soberano.

 

Anuncios

La armonía entre todas las leyes de la naturaleza

La paz o a la intranquilidad pública. Por último, agrega que ambos criterios no son incompatibles. El argumento que utiliza para demostrar que no son incompatibles no parece ser demasiado convincente. Es éste: La doctrina contraria a la paz no puede ser verdadera, tal como la paz y la concordia no pueden oponerse a la ley de la Naturaleza. Creo que este argumento hay que interpretarlo de la siguiente manera: las leyes de la naturaleza componen un sistema unitario; las leyes que rigen los movimientos de los cuerpos rigen por igual el movimiento de los cuerpos naturales y de los artificiales. La búsqueda y preservación de la paz es una ley de la naturaleza de los cuerpos artificiales. Esto ha sido demostrado. No podrá ser verdadera, por lo tanto, una ley de la naturaleza de los cuerpos naturales que se oponga a esa ley de los cuerpos artificiales. La armonía entre todas las leyes de la naturaleza es un supuesto del cual parte Hobbes.

Esta interpretación es relevante si se supone que Hobbes se refiere en este contexto tanto a doctrinas científicas como a doctrinas políticas. Si, en cambio, se acepta una lectura más restringida de este texto, según la cual Hobbes únicamente se refiere a doctrinas políticas (es decir que ni siquiera pensaba en que las teorías científicas podían ser censuradas) entonces esta explicación no es necesaria. Pues Hobbes estaría afirmando que en el ámbito de las leyes de la naturaleza o preceptos de la razón (a las que se refirió en los capítulos 14 y 15 del Leviathan) no puede aceptarse que una ley contradiga otra.

Las controversias religiosas e ideológicas llevan a la guerra civil

Hobbes establece aquí una suerte de escalera de libertades, que va de la libertad más privada o íntima -la libertad de conciencia o de pensamiento- pasando por la libertad de acción (que incluye la de expresión), luego por la libertad de enseñanza, para culminar en la esfera de lo público por excelencia: la  autoridad soberana. Todo hombre, dice Hobbes, desea que la autoridad soberana, esto es, el poder de coacción, la fuerza, sea utilizada para defender sus ideas y opiniones y para censurar todas las opiniones o creencias restantes.

Ahora bien, hay dos maneras de interpretar esta última observación de Hobbes acerca de la tendencia natural de todo hombre a buscar que la fuerza pública se comprometa con sus ideas y creencias personales y que, por lo tanto, las respalde y  defienda. Una interpretación, seguramente la más habitual, es la  siguiente: según Hobbes, las controversias religiosas e ideológicas llevan a la guerra civil, tal como pudo comprobarlo en la Inglaterra del siglo XVII. Incumbe al soberano dirimir las controversias. Le compete al soberano, por ejemplo, dictaminar cuáles dogmas son verdaderos y cuáles son falsos; permitir únicamente el culto religioso que él, en su carácter de soberano, ha decidido que es el verdadero, y prohibir los cultos restantes. Según esta interpretación, el soberano absoluto utiliza el poder de coacción para imponer una verdad, un culto, una enseñanza. El soberano toma partido por una de las facciones en pugna y gracias al monopolio de la fuerza pública logra silenciar las restantes. Según esta interpretación, la autoridad soberana se presenta ante los súbditos como una fuerza que en principio puede ser manipulada a favor de determinadas creencias y en contra de otras. Dado que la guerra civil surgía porque las partes de una controversia buscaban ganar para sí la fuerza del Estado, la paz se restituye cuando una de las partes consigue su cometido y logra  ejercer un dominio absoluto (censura, prohibición) sobre la otra.

 

La doctrina de la adaptación como fundamento de la tolerancia

La lectura que Spinoza hace de la Biblia es, aparentemente, muy distinta de la de Hobbes. Aparentemente, puesto que ambos en última instancia persiguen idéntico objetivo, a saber, mostrar que el contenido de la religión se resume en un par de preceptos que también pueden fundarse racionalmente, tales como obedecer al soberano y no hacer a los demás lo que no queremos padecer nosotros. Es distinta, sin embargo, porque en el ITP Spinoza recurre a la Biblia con el propósito de encontrar en ella una base adicional para sus argumentos a favor de la libertad de expresión y de la tolerancia religiosa, mientras Hobbes buscaba apoyo para su teoría de la soberanía. Ambas lecturas persiguen la misma conclusión, pero para incorporar dicha conclusión a distintos argumentos. Según mi lectura del ITP, el propósito que persigue Spinoza en la primera parte de la obra (caps. I-XV) consiste en mostrar el problema de la tolerancia desde diversas perspectivas, y sólo secundariamente se propone un novedoso método de crítica bíblica (aun cuando el interés de los intérpretes se haya centrado en la originalidad de este método mucho más que en el propósito original del libro). Hice referencia ya a la analogía básica que articula la totalidad del texto: así como Dios concede libertad de culto a sus criaturas, así también el soberano deberá tolerar idéntica libertad. Los primeros quince capítulos del libro están destinados a probar la primera parte de la analogía, a saber, que Dios concede libertad a sus criaturas para expresar libremente sus opiniones y honrarlo como mejor les parece. Es la parte teológica del Tratado puesto que sus argumentos se basan en la interpretación de la Biblia. El propósito de Spinoza es mostrar la distinción entre teología y filosofía. Si la teología nada tiene que ver con la filosofía, los teólogos nada tendrán que exigir ni reprochar a los filósofos. La libertad de filosofar -cuestionada reiteradamente en época de Spinoza- queda así fundamentada y protegida frente a sus principales censores: los teólogos, que, en nombre de la Biblia, rechazaban el cartesianismo y la nueva ciencia. Hobbes había sentenciado que es la autoridad, y no la verdad, la que establece las leyes. Spinoza explicita esta distinción. El tema principal de la teología es la obediencia; el de la filosofía, en cambio, es la verdad. Al ser distintas, una puede concebirse sin la otra. Ninguna subordina, ni queda subordinada, a la otra. Dios y la Biblia -señala la lectura bíblica de Spinoza- no se expiden sobre la verdad o la falsedad. Los profetas no son filósofos. La analogía fundamental del texto puede replantearse de la siguiente manera: así como los profetas no son filósofos, así tampoco deberá serlo el soberano. Spinoza, al igual que Hobbes, dirige sus dardos contra el rey filósofo de Platón.

 

Dos rasgos de la filosofía de Hobbes

Dos rasgos de la filosofía de Hobbes sirven para presentar un argumento adicional a favor de la libertad de expresión que Spinoza retomará en forma explícita. El argumento procede así: si bien es cierto que se puede por la fuerza obligar a un hombre a guardar silencio o a decir lo que no piensa, no es posible coaccionarlo a que crea íntimamente en algo o a que acepte in foro interno como verdadero algo en lo que sinceramente no cree. Además, continúa este argumento, los hombres naturalmente tienden a expresar lo que piensan. Por consiguiente, dado que no es posible modificar las creencias íntimas de un hombre y puesto que es antinatural pretender que un hombre no exprese lo que piensa, censurar los pensamientos de un hombre es imposible y censurar sus expresiones, aunque posible, va en contra de la naturaleza humana. La tendencia a expresar pensamientos es tan básica según Hobbes que incluso se confunde con el origen mismo del lenguaje. Dice en los Elements of Law, I, 5, 14:

“Las pasiones del hombre, así como son el comienzo de todos sus movimientos voluntarios, así también son el comienzo del lenguaje [speech] que es el movimiento de su lengua. Y los hombres, deseando mostrar a los otros el conocimiento, las opiniones, concepciones y pasiones que están dentro de ellos mismos, y habiendo inventado el lenguaje [language] con este fin, por este medio transfirieron todo ese discurso de su mente mencionado en el capítulo anterior, por el movimiento de sus lenguas, en discurso de palabras[ .. .]” (traducción propia).

Esta explicación acerca de por qué y cómo se pone en movimiento el mecanismo de la palabra se complementa con una observación acerca de una de las pasiones fundamentales en la filosofía de Hobbes: el honor.

 

Comentario sobre Right reason and moral gods

Sospecho que Kavka comete el mismo error que, a mi juicio, cometió Olaso. Consiste en confundir obligación política con verdad o corrección epistemológica. Según Hobbes, tanto la aritmética como la ley natural están compuestas por teoremas infalibles de la razón. Pero los hombres, tanto al razonar sobre problemas de aritmética como cuando lo hacen acerca de la ley natural, son falibles, pueden equivocarse y disputar entre ellos acerca de quién tiene razón. Si desean poner fin a la disputa para evitar que ésta degenere en una pelea violenta, elegirán de común acuerdo un árbitro. El árbitro es un hombre o grupo de hombres, tan falible como aquellos otros hombres que disputaban y lo convocaron. La decisión del árbitro logra evitar la pelea, pero no hay ningún motivo para sospechar que los acerque a la verdad. cursos de maquillaje

En “Right reason and moral gods”, Stephen D. Hudson se refiere a la arbitrariedad de las decisiones del soberano comprendido como árbitro. Aun cuando el problema que se propone resolver Hudson no guarda relación con la libertad de expresión, de todas maneras algunos aspectos de su artículo son pertinentes para mi interpretación. La pregunta que intentara responder Hudson es la siguiente:

“¿Puede Hobbes mantener consistentemente que la ley es la medida del bien y del mal moral?” (p. 134). Confiesa Hudson: “Si puede, entonces habrá logrado algo que yo siempre me sentí inclinado a pensar que era imposible: habrá mostrado que cierto tipo de subjetivismo radical de los valores es compatible con lo que yo considero que es la teoría más razonable acerca de la relación entre razón y verdad moral” (p. 134). Esta teoría es sencilla, pues se limita a formular que la verdad moral es simplemente aquella que se apoya en las mejores razones morales. Si alguien afirma que una determinada acción es mala, se le puede preguntar por qué es mala. cursos de enfermeria

 

Cada hombre piensa por sí mismo

Hobbes observa que la naturaleza humana está constituida de manera tal que cada hombre piensa por sí mismo; tiene una tendencia a expresar lo que piensa y suele actuar guiado por sus creencias (EL, I, 5, 4; Lev., 18). Sin embargo en este párrafo, desde el punto de vista de la ley, Hobbes distingue pensamientos, por un lado, y expresiones y acciones, por otro. La ley, es decir el poder de coacción, no alcanza a los pensamientos pues no tiene poder para modificarlos. Pero la ley alcanza eficazmente a las expresiones y acciones pues éstas pueden ser modificadas mediante el uso, o la amenaza del uso, de la fuerza. Hobbes contrapone el procedimiento del magistrado civil al de los inquisidores. Éstos pretendían examinar lo que una persona cree íntimamente y su método era autodestructivo: nunca, por ese camino, iban a saber si la respuesta del interrogado correspondía a lo que íntimamente pensaba. Otro contexto en el cual puede llegar a producirse un examen de opiniones es el del magistrado civil que se encuentra seleccionando maestros o predicadores. En esta circunstancia el magistrado no se preocupa por averiguar qué opina íntimamente el potencial maestro, sino únicamente si está dispuesto a enseñar una determinada doctrina. En caso contrario, dice Hobbes, puede negarle el empleo.