Hobbes y el Quijote – Parte 10

En uno de los números de The Spectator, Joseph Addison se ocupa de Hobbes y de su caracterización de la risa como expresión de nuestro desprecio por los demás. Hobbes –dice Addison – considera que el primer motivo de risa es una comparación secreta que hacemos entre nosotros y la persona de la cual nos reímos, en otras palabras, que la risa es la satisfacción que recibimos cuando nos creemos superiores, al ver el absurdo en otras personas. Addison pasa luego a distinguir dos variedades del ridículo en literatura, a saber, la comedia y el burlesco. La primera ridiculiza a personas presentándolas con sus características propias; el burlesco, por el contrario, caracteriza a sus personajes mediante sus opuestos, y es de dos tipos: puede «representar a personas pequeñas con vestimenta de héroes (mean persons in the Accoutrements of Heroes), o a grandes personas actuando y hablando como la gente más baja. Don Quijote es una instancia del primero…» Ahora bien, «mean» en inglés puede decirse en varios sentidos: inferior, pobre, que no se impone por su apariencia, sin nobleza, pequeño de alma, mezquino, secretamente avergonzado. Cervantes cuenta que Alonso Quijano era un caballero empobrecido pero ocioso, un hidalgo de «adarga antigua». No cabría considerarlo «mean» ni en el sentido de pobre ni en el de baja estofa, características propias de Sancho Panza. No es para nada insignificante en apariencia, sino más bien imponente. Quedan las otras acepciones: pequeño de alma, mezquino, secretamente avergonzado. La clave de lo burlesco en la novela de Cervantes, de lo que –según Addison-  Don Quijote es ejemplo y modelo, consistiría entonces en disfrazar de héroe a un hombre de alma pequeña, a un –en términos de Hobbes –pusilánime.

El coraje no siempre es un mérito según Hobbes. Suele implicar el desprecio o la indiferencia hacia las heridas e inclusive hacia la muerte violenta, e inclina a los hombres a la venganza y a quebrar la paz. En los Elements of Law la pusilanimidad no tiene asociaciones de cobardía, sino de aferrarse a pequeñeces, a encontrar excusas que justifiquen la inacción. Es el reiterado aplazamiento ante el más mínimo obstáculo. La indecisión frente a la duda. Cuando Alonso Quijano, en plena actuación de Don Quijote, busca un ejemplo de gloria comparable a la suya, lo encuentra en los conquistadores. Tras referirse a héroes romanos y caballeros andantes, agrega: «Y con ejemplos más modernos ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y asilados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habremos de atender a la gloria de los siglos venideros que en este presente y acabable siglo se alcanza».

Anuncios

Hobbes y el Quijote – Parte 7

Otra acción que indica la pusilanimidad de Alonso Quijano es la de su travestismo. Siente la necesidad de disfrazarse y para ello recurre a unos pocos elementos que tenía a su disposición. Lo mismo le da que sus armas sean de metal oxidado o de cartón. Estos elementos cumplen una función simbólica, más que real. Sólo sirven para representar las armas de la caballería andante. Es un pésimo disfraz. Nadie más que él pensará que está vestido de caballero andante, pero para Quijano es suficiente. Así travestido puede superar su retracción melancólica y hacer algo más que quedarse encerrado en su habitación leyendo novelas de aventuras. ¿Por qué su vestimenta cotidiana, la ropa y los útiles de todos los días lo dejan postrado en la cama y sólo puede actuar cuando se disfraza? A partir del momento que queda travestido, y aún antes de que aparezca en escena Sancho Panza, Alonso Quijano y Don Quijote forman una extraña pareja en la que Quijano da vida y soporta a Don Quijote y Don Quijote pretende ignorar a Quijano.  Cuando se incorpora Sancho se constituye otra pareja, la de Quijano y Sancho, y presenciaremos el esfuerzo de ambos por construir la ficción compartida de caballero y escudero. En su primera y solitaria salida parecen aún primar los rasgos de la pusilanimidad. Luego, tras sus primeras aventuras, por fallidas que sean, surge claramente la vana gloria, que según Hobbes es otra característica del hombre pusilánime. En los campos de Montiel habrá por un lado hombres y mujeres corriendo la hobbesiana carrera de la vida, gozando en mostrarse superiores unos a otros; por otro lado, corriendo otra carrera, imaginaria, estará Alonso Quijano fingiendo ser un gran «desfacedor de entuertos» y pavoneándose de aventuras y amores inexistentes. Inevitablemente esta falsa y vana gloria lo irán convirtiendo en un peligro para la paz pública.

Hobbes y el Quijote – 3

Debemos concentrarnos, entonces, en este señor Alonso Quijano, de quien Hobbes dice que es pusilánime. Sabemos algunas cosas acerca de él. Tiene unos cincuenta años, vive con su sobrina y una criada, es soltero y casto, posee algunos bienes cuya administración descuida porque prefiere leer libros de caballería, llega incluso a vender parte de sus tierras para comprar más libros, le gustaba la caza pero ya no la practica, es ocioso. Esto nos informa la novela. Por nuestra parte sabemos – y Cervantes y Alonso Quijano también sabían – que mientras don Alonso estaba encerrado en su habitación leyendo novelas de caballería, hombres como él, vecinos suyos de Castilla y de La Mancha, de un origen social similar, se embarcaban a la conquista del Nuevo Mundo, arriesgando sus vidas y escasos bienes para regresar, algunos de ellos, envueltos en fama y abundante fortuna. «Iglesia, o mar, o casa real», dice Cervantes, quien pierde una mano luchando contra el turco en defensa de su fe y de su patria, que es imperio, mientras el pusilánime Quijano se empobrece y se aísla y sólo es capaz de pasar a la acción disfrazado y en clave de parodia.

Hobbes imagina la vida de un hombre como una carrera cuyo atractivo consiste en superar a los demás. En esta carrera no tenemos ninguna otra meta, ningún otro galardón, más que sobresalir o sobrepasar a otro: «being foremost», dice en inglés. Cada situación que se da durante la carrera ilustra alguna pasión humana. El apetito, la primera de las pasiones, es el esfuerzo de estar en movimiento. La emoción que correspondería a ver que los demás han quedado atrás de nosotros, es la gloria. Pero la vana gloria consiste en perder terreno por mirar hacia atrás. Arrepentimiento es dar marcha atrás. Respirar bien es esperanza y sentirse sin aire es desesperanza. Ser continuamente sobrepasado es sentirse miserable. Por el contrario, la felicidad consiste en sobrepasar al que tenemos delante. La muerte es abandonar la carrera. La magnanimidad equivale a abrirse paso con facilidad («break through with ease») y quien pierde terreno por pequeños inconvenientes («to loose ground by little hindrances») es un pusilánime. Tanto la vana gloria como la pusilanimidad nos llevan a perder terreno en la carrera de la vida. La vana gloria, porque el vanidoso pierde su tiempo al mirar hacia atrás para gloriarse de su superioridad. El pusilánime lo pierde porque se demora en pequeñeces. La metamorfosis de Quijano en Quijote implica la transformación de la pusilanimidad en vana gloria. En la carrera de la vida ambas son diferentes maneras de ir quedando atrás.

Un hombre pusilánime en sentido hobbesiano dista de ser inofensivo. Es potencialmente riesgoso desde un punto de vista político y social pues está a un paso de la locura. El pusilánime Quijano se dedica a leer novelas y progresivamente va desarrollando una forma propia de locura, la locura galante («the galant madness of Don Quixote», dice la cita). A Hobbes no le interesa considerar la locura en tanto enfermedad orgánica, sino como un trastorno de nuestros afectos con consecuencias peligrosas para la vida en común. Cuando el pusilánime Quijano, por efecto de su locura galante, actúa de Quijote, no es en absoluto un hombre cobarde. Todo lo contrario. Ha perdido la cualidad política esencial: el temor a la muerte violenta. Embiste contra cualquiera sin ponderar las consecuencias y arriesga su vida en todo momento, poniendo en peligro la vida de los demás. Muchas de las confusiones del caballero andante no son meros errores, sino temerarios atentados contra la vida y la seguridad de las personas. Don Quijote no tiene el más mínimo temor a la violencia física ni es capaz de imaginar la fragilidad de su cuerpo.

Hobbes y el Quijote – 1

En los Elements of Law Hobbes hace una breve referencia al Quijote de Cervantes. Este hecho, por sí mismo, no debería llamarnos la atención. El Quijote fue inmensamente popular en Inglaterra desde el momento mismo de su publicación, tal como lo atestiguan sus diversas traducciones y rediciones en inglés. Thomas Shelton se encarga de traducir la primera parte en 1612 y la segunda en 1620.  Se sabe de al menos cuatro o cinco reimpresiones de esta traducción inglesa durante el siglo XVII. Es común afirmar, desde entonces, que Inglaterra se convirtió en la segunda patria del Quijote. John Locke se refiere a ella en dos oportunidades. En el Primer Tratado sobre el Gobierno Civil, escrito contra Robert Filmer y publicado en 1690, dice que si Don Quijote hubiera enseñado a su escudero a gobernar con autoridad suprema, nuestro autor – i.e. Filmer – sin duda habría sido un súbdito leal en la isla de Sancho Panza. Como se ve, se trata apenas de una ironía que sólo es eficaz si se supone que los lectores conocen la obra de Cervantes. La segunda mención es tardía; figura en un escrito menor «Sobre lectura y estudio», de 1703. Allí hace Locke la siguiente recomendación: «De todos los libros de ficción que conozco ninguno iguala en utilidad, agrado y constante decoro (usefulness, pleasentry and a constant decorum) a la Historia de Don Quijote de Cervantes. Y, en efecto, ningún escrito puede ser agradable si no tiene la naturaleza en su base y no está tomado de su copia». Esta referencia es considerablemente más interesante que la anterior, pues ubica la novela de Cervantes en la cima de la literatura y enumera las razones que la hacen merecedora de semejante honor, aun cuando cueste comprender los motivos que encuentra Locke para considerar decorosa una historia en la que el héroe, encerrado en una jaula durante más tiempo que el que tolera la fisiología, habla con su escudero acerca de la diferencia entre aguantarse las «aguas mayores» y las «aguas menores» y que enseña múltiples maneras de mentar a la madre en castellano. Locke poseía cuatro ediciones del Quijote, dos en francés y dos en inglés. Por su parte David Hume en su ensayo «Del criterio del gusto» refiere el episodio en el que Sancho recuerda una competición entre dos parientes suyos acerca del gusto de cierto vino almacenado en una cuba. Con dicho ejemplo intenta Hume mostrar los límites del relativismo acerca del sabor de las cosas. El empírico Hume se siente más próximo al sano sentido común de Sancho que al delirio de su señor; ya se había ocupado del escudero en «De la simplicidad y refinamiento de la escritura», diciendo que «La ingenuidad absurda de Sancho Pancho [sic] esta representada por Cervantes en colores tan inimitables, que entretiene tanto como el retrato del héroe más magnánimo o el más tierno de los amantes». Nuevamente, el autor da por sentado que el lector de sus ensayos conocía la novela de Cervantes

Las categorías modales – PARTE 2

(Continuación parte 1)

La modalidad de los juicios tiene la función de referirse tan sólo al valor de la cópula en su relación con el pensamiento e indica que la cópula por la cual se atribuye a Pérez el predicado “odontólogo” se afirma como posible, real o necesaria. En nada contribuye al contenido del juicio, pues este está dado por su cantidad, cualidad y relación. La forma de los juicios modales permite descubrir cuáles son las categorías empleadas en su elaboración. Los conceptos puros que derivan de los juicios modales problemáticos, asertóricos y apodícticos son: posibilidad-imposibilidad, existencia-no existencia, contingencia-necesidad (A 80; B 106). Kant emprenderá en otra sección de la Crítica la prueba de que dichas categorías son condiciones o formas necesarias del conocimiento.

Los conceptos adquieren significado cognitivo únicamente si se los refiere a una experiencia posible. Si no se los refiere a la experiencia mantienen tan sólo su significado lógico, que no permite conocer algo, sino únicamente pensarlo. Kant traza un esquema para cada concepto, que equivale a un monograma que indica la manera de referirlo a la experiencia. Como la forma o condición de toda experiencia es el tiempo, el esquema es una indicación de cómo referir los conceptos puros a la temporalidad. El esquema de la posibilidad es la determinación de la representación de una cosa en algún tiempo, es decir, una cosa es posible cuando puede ser concebida en algún momento del tiempo. El esquema de la realidad es la existencia en un determinado tiempo. El esquema de la necesidad es la existencia de un objeto en todo tiempo (A 144-145; B 184).

Richard Mead e Isaac Newton

Richard Mead, médico que entre sus pacientes contó a Isaac Newton, y él mismo miembro de la Royal Society, pretendió conciliar interés particular y bien público. Propuso el siguiente ejemplo:

Dado que la plaga siempre irrumpe en un lugar en particular, es seguro que las directivas del magistrado civil deben ser tales que resulten de interés a las familias descubrir su desgracia, como ocurre cuando se prende fuego una casa, llamar a la asistencia de los vecinos. Pero, por el contrario, los métodos adoptados por la autoridad pública, en esas ocasiones, siempre tuvieron la apariencia de una disciplina severa, e incluso de un castigo, más que de un cuidado compasivo. Lo que naturalmente lleva a los infectados a ocultar su enfermedad tanto como era posible. cursos de maquillaje

La intención de Mead es loable: alinear los intereses del individuo particular con los del conjunto de la sociedad. Pero también es imposible, ya que la primera consecuencia de la plaga es, precisamente, que la persona contagiada constituye un peligro de muerte para sus vecinos; peor aún, la persona sospechada de pestífera es igualmente percibida como peligrosa. Mientras dure la plaga, toda sociabilidad se vuelve imposible. Más convincente resulta el argumento contra las clausuras que propone Nathaniel Hodges, que razona siguiendo la antigua estrategia de los escépticos:

Y esta es la razón por la cual resulta imposible prevenir en una visitación la expansión de la plaga por medio de la vigilancia humana más estricta, dado que es imposible distinguir al enfermo del sano, o que el enfermo mismo sepa que lo está […]. En nada ayudará aislar a los enfermos, a no ser que se pueda ir hacia atrás y encerrar a todos con quienes el enfermo ha hablado, incluso antes de saber que estaba enfermo […] pues nadie sabe cuándo, o dónde, o cómo ha recibido la infección, ni de quién […]. Cuando los médicos nos aseguraron de que el peligro estaba tanto en los enfermos como en los sanos, y que quienes se consideraban totalmente libres a menudo eran los más fatales […] entonces todos comenzaron a recelar de todos […].

Sospecha que carcomió la vida cotidiana de Pepys en el apogeo de la plaga:

14 de septiembre: [Pepys va al Exchange; no ve allí a los hombres de negocios importantes sino a unos 200 hombres comunes]. Y Dios, ver cómo me esforzaba todo lo que era posible en hablar con la menor cantidad de personas que pudiera, ya que ahora ya no se controla si se cierran las casas infectadas, y por lo tanto es seguro que nos encontramos  y conversamos con gente que se ha contagiado la plaga. cursos de enfermeria

Los empleados no querían entrar a las casas de enfermos, para clausurarlas. Por lo tanto, las órdenes de clausura quedaban  sin ejecutar. En esas pocas horas que le quedan de vida, el infectado potencia su capacidad de hacer daño, al tiempo que su cuerpo se vuelve intangible. «A walking destroyer», decía Defoe. Todos evitan tocar a, o ser tocados por, el apestado. Los enfermos, reales o presuntos, gozan de una inesperada inmunidad al poder político. Sin acceso al cuerpo del súbdito no puede ejercerse la fuerza:

Un infectado se levanta súbitamente de su cama, se viste rápidamente. La enfermera logra agarrarlo del abrigo y quitárselo, pero el enfermo huye de la casa. La enfermera corre tras él y pide a los gritos a un guardia que lo detenga. Pero el guardián, asustado por ese hombre, y con temor a  tocarlo, lo dejó ir. El enfermo llega al Támesis y se arroja al río.

El mismo cuerpo del soberano enferma, se debilita y pierde su capacidad de coacción:

[…] vemos a los que la autoridad de las leyes públicas les ha condenado por sus delitos al exilio, que se mofan de ellas porque saben que sus ejecutores están muertos o enfermos, y con ímpetu desenfrenado van de correría por la ciudad […].

Casi simultáneamente con la redacción del Journal of the Plague Year, Defoe escribe algunos artículos periodísticos con ocasión de conocerse que en el sur de Francia, y quizás también en Holanda, han aparecido casos que indicarían la amenaza de una nueva plaga en Europa. Como medida preventiva, el parlamento inglés ordena imponer cuarentena a los barcos que lleguen desde puertos donde se registraron casos de infección. Esta medida de la Cámara de los Comunes es tenazmente resistida por los comerciantes más acaudalados, para quienes semejante límite en el ingreso de mercaderías significa un nada despreciable lucro cesante. Defoe sale nuevamente en defensa del bien público:

Es una observación justa, que podría ampliar aquí, cómo la avaricia endurece a los hombres contra los peligros de toda naturaleza; y cómo los hombres están dispuestos a arriesgar sus vidas, y las vidas de toda una ciudad, e incluso de toda una nación, por sus ganancias presentes. […] No hay pensamiento más bárbaro que arriesgar el bienestar de todo el reino, y la vida de los hombres, mujeres y niños, en beneficio de la desgraciada ganancia de un hombre privado.