De Arnauld, del 29 de julio de 1648

Cinco años más tarde, Descartes mantiene la misma posición que sostuvo en sus cartas a Elisabeth. En correspondencia con Arnauld le advierte que ningún razonamiento ni ninguna comparación tomada de otras cosas puede mostrar que la mente, que es incorpórea, pueda impulsar al cuerpo. Recuérdese que en la carta a Clerselier, escrita dos años antes, Descartes afirmaba que ningún razonamiento puede probar que si el cuerpo y el alma son sustancias de diferente naturaleza, no pueden obrar una sobre la otra. Ahora le afirma a Arnauld que ningún razonamiento puede probar lo contrario, a saber, que la mente incorpórea pueda mover el cuerpo. ¿Estamos ante una manifestación de escepticismo por parte de Descartes, en la cual muestra una equipolencia de razones, frente a lo cual no podemos tomar partido? De ninguna manera. Descartes inmediatamente agrega a Arnauld que el hecho de que el alma mueva el cuerpo es algo que diariamente nos muestra “una experiencia muy cierta y muy evidente, pues ésta es una de las cosas que conocemos por sí (per se notis), que oscurecemos cuando queremos explicar otras” (AT V, 222). La mente es consciente de su unión con el cuerpo. Esta conciencia se manifiesta en la inclinación de nuestra voluntad a mover los miembros. Descartes le propone a Amauld una comparación … Obviamente, la comparación es: “La mayoría de los filósofos que consideran que la gravitación de la piedra es una cualidad real. etcétera”.

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Experimentar, la unión del cuerpo y del alma

Sabía que la comparación con la gravedad y las cualidades reales era inexacta y equivocada. Pero su estrategia de discusión consiste en utilizar dentro de lo posible los marcos conceptuales de sus interlocutores. Recurre al ejemplo porque supone que así le hará comprender el problema a Elisabeth. Esta estrategia la observamos con frecuencia en las respuestas a las objeciones de las Meditaciones. Es tal su flexibilidad conceptual que, ante las nuevas objeciones de Elisabeth, abandona rápidamente estos ejemplos y le recomienda que examine el problema con otro marco teórico: Pero ya que Vuestra Alteza ha observado que es más fácil atribuir materia y extensión al alma que atribuirle la capacidad de mover un cuerpo y ser movida por él, sin tener materia, os ruego que queráis atribuir libremente esta materia y esta extensión al alma, pues esto no es más que concebirla unida al cuerpo. Y después de haber concebido bien esto y haberlo experimentado en vos misma, os será fácil considerar que la materia que hayáis atribuido a este pensamiento no es el pensamiento mismo y que la extensión de esta materia es de otra naturaleza que la extensión de este pensamiento, porque la primera está determinada en cierto lugar, del que excluye cualquier otra extensión de cuerpo, lo que no hace la segunda. Y así Vuestra Alteza no dejará de volver fácilmente al conocimiento de la distinción del alma y del cuerpo, pese a haber concebido su unión. Tal es el remedio que Descartes encuentra para que, quienes lo han acompañado a lo largo de las Meditaciones y han finalmente aprendido a concebir la distinción entre el cuerpo y el alma, puedan ahora concebir la unión del cuerpo y del alma, que es una noción tan primitiva como la del alma o la del cuerpo. Nuevamente, Descartes cambia el marco conceptual. Nuevamente, lo que le sugiere a la princesa es muy dificil de comprender: ¿en qué consiste atribuirle materia o extensión al alma? ¿Cómo se le atribuye materia a un pensamiento? Desde las Meditaciones, esto no es comprensible. Quizás convenga entonces abandonar la filosofia y simplemente vivir, experimentar, la unión del cuerpo y del alma.

Descartes describe sucintamente esta noción de la unión

¿Por qué medios se obtienen las diversas nociones primitivas? Los pensamientos metafisicos que ejercitan el entendimiento puro sirven para hacemos familiar la noción del alma; el estudio de las matemáticas, que ejercita principalmente la imaginación en las consideraciones de las figuras y de los movimientos, nos acostumbra a formar nociones del cuerpo distintas; por fin, sirviéndonos solamente de la vida y de las conversaciones habituales, y absteniéndonos de meditar y de estudiar estas cosas que ejercitan la imaginación, se aprende a concebir la unión del alma y del cuerpo. Descartes advierte que habla en serio, que su consejo de apartarse de la filosofia para concebir la unión del alma y del cuerpo no es algo dicho al pasar, ni una manera elegante de comunicarle a una princesa que la complejidad del problema supera su capacidad de resolverlo. Absteniéndose de meditar se aprende a concebir la unión del alma y del cuerpo o, mejor dicho, se llega a concebir el alma y el cuerpo como unidad. Descartes ensaya una explicación teórica de por qué, para ello, es imprescindible dejar de filosofar: ocurre que el espíritu humano no puede concebir muy distintamente la distinción que hay entre el alma y el cuerpo y al mismo tiempo su unión, porque para esto hay que concebirlos como una sola cosa y simultáneamente concebirlos como dos, lo que es contradictorio. Descartes describe sucintamente esta noción de la unión que sin filosofar experimenta siempre cada uno en sí mismo: que es una sola persona que posee conjuntamente un cuerpo y un pensamiento, los que son de tal naturaleza que este pensamiento puede mover el cuerpo y sentir los accidentes que le ocurren. Ahora bien, alguien que tiene presentes las Meditaciones, o cuyo espíritu está cautivado aún por el ejercicio de las Meditaciones, no puede concebir esta unión. Para estas personas que todavía tienen presentes en su espíritu las razones que prueban la distinción del alma y del cuerpo, y no queriendo que las abandonen para representarse la noción de la unión que cada uno experimenta en sí mismo sin filosofar, dice Descartes que se ha [ … ] servido antes de la comparación de la gravedad y de las demás cualidades que comúnmente nos imaginamos que están unidas a algunos cuerpos, así como el pensamiento está unido al nuestro y no me ha preocupado que esta composición ni fuera exacta en el sentido de que estas cualidades no son reales como se las suele imaginar, porque he creído que Vuestra Alteza estaba ya enteramente convencida de que el alma es una sustancia distinta del cuerpo.

Enseñanzas de la naturaleza: propiedades de los cuerpos

“Habiendo ejercitado al lector en la búsqueda de certeza durante seis meditaciones, Descartes obviamente no quiere que estas enseñanzas de la naturaleza vuelvan a confundirlo todo. “”Pero para que no haya en esto nada que no conciba distintamente, debo definir con precisión lo que entiendo propiamente cuando digo que la naturaleza me enseña algo”” (AT VII, 82). Tomo aquí la naturaleza con significado más restringido que cuando la llamo reunión o complejo de todas las cosas que Dios me ha dado, puesto que esta reunión o complejo comprende muchas cosas que pertenecen sólo al espíritu, de las que no tengo la intención de hablar aquí, al hablar de naturaleza. Descartes desea que quede en claro que todo lo que se conoce por la sola luz natural del espíritu, sin la ayuda del cuerpo, no está incluido en la categoría de enseñanza de la naturaleza. Además, tampoco están incluidas como enseñanzas de la naturaleza las propiedades de los cuerpos. Por naturaleza no se entiende en este contexto ni lo que pertenece sólo al espíritu ni lo que pertenece sólo a los cuerpos. Por naturaleza se entiende las cosas que Dios me ha dado en cuanto estoy compuesto de espíritu y de cuerpo. Es decir, todo aquello que hace a la unión cuerpo-alma -y no a su distinción- se conoce gracias a estas enseñanzas de la naturaleza. Estas enseñanzas son fundamentalmente prácticas: me enseñan a evitar cosas que provocan en mí el sentimiento de dolor y a dirigirme hacia aquellas cosas que me comunican algún sentimiento de placer. Descartes concluye con una advertencia: “”pero no veo que además de esto me enseñe que de estas diversas percepciones de los sentidos debamos sacar conclusiones respecto de las cosas que están fuera de nosotros, sin que el espíritu las haya examinado cuidadosa y maduramente. Pues sólo al espíritu y no al compuesto de espíritu y de cuerpo corresponde, me parece, conocer la verdad de esas cosas””.

 

Dos sustancias diferentes no pueden comunicarse

Este texto es, ante todo, un voto de confianza en mi exposición, pues Descartes les está advirtiendo a ustedes que si yo resuelvo alguna cuestión en un cuarto de hora, soy un ignorante, y si no resuelvo ninguna, podernos suponer que soy un sabio. Pero además es un texto sorprendente por varias razones: l. Es el año 1646 y Descartes advierte que aún no trató el tema de la unión del alma y el cuerpo (“de laque/le je n ‘ai point encare traité”). Ahora bien, si le tomamos la palabra a Descartes no deberíamos considerar que textos tales como la “Sexta meditación” o las respuestas a las objeciones planteadas por Antoine Arnauld (1612-1694) explican la unión cuerpo- alma. Es decir, ningún texto publicado con anterioridad a esta carta debería considerarse como una explicación de la relación cuerpo-alma.

Según le escribe Descartes a Clerselier, Gassendi supone que si el alma y el cuerpo son dos sustancias de diferente naturaleza, ello les impide obrar una sobre la otra. Según Descartes, esta suposición es falsa y no puede ser probada en modo alguno. Es decir, Descartes invierte el peso de la prueba: antes de explicar cómo se comunican dos sustancias diferentes, advierte de todas maneras que quienes deben explicaciones son quienes afirman que dos sustancias diferentes no se pueden comunicar. Según Descartes, Gassendi partió (a) de una suposición (b) que es falsa y (e) que no puede ser probada en modo alguno, es decir, que Descartes sabe que nunca podrá demostrarse. Nuevamente, si le tomarnos la palabra a Descartes, en ninguno de sus escritos anteriores a 1646 se estaría afirmando o implicando que dos sustancias diferentes no pueden comunicarse. Esto es, sin embargo, lo que con mayor frecuencia se le objetará a Descartes: según sus propias definiciones de sustancia y atributo, dos sustancias distintas no pueden comunicarse entre sí.

En este párrafo de la carta a Clerselier también nos sorprende el razonamiento de Descartes. Es así: hay más diferencia entre los accidentes y la sustancia que entre dos sustancias. Hay quienes admiten que los accidentes obran sobre la sustancia. Premisa tácita: si puede pensarse lo más difícil, puede pensarse lo más fácil. Por lo tanto, es concebible que una sustancia obre sobre otra. Este razonamiento nos sorprende pues Descartes mismo no cree en los accidentes reales, ni tampoco parece clara cuál es la lógica o doctrina sustancialista que le da sustento a la argumentación.