El “mito Spinoza”

Debemos nuestro desconocimiento de la vida de Spinoza al propio Spinoza su argumentación geométrica no admite la referencia personal, ni la digresión, ni la anécdota. El “mito Spinoza”, en cambio, es creación conjunta de varios autores. Primero, su amigo Jarig Jelles, o quizás otro amigo, el doctor Lodewijk Meyer, añadieron a la edición de las Opera Posthuma [1677] un par de páginas con datos mínimos sobre la vida del autor recién fallecido. Había nacido en Amsterdam (no consignan la fecha). Estudió primero teología y después filosofía. Fue cartesiano. Pulía lentes para microscopios y telescopios. Abandonó Amsterdam para que lo molestaran menos sus amigos. Vive en Rijnsburg, luego en Voorburg, luego en La Haya. Recibe y rechaza la oferta de una cátedra en Heidelberg. Enferma de tuberculosis.

Instruye que la edición póstuma de sus obras lleve las iniciales “BdS” como única referencia al autor y que su doctrina no se denomine “spinocismo”. Muere el21 de febrero de 1677. Esta noticia de su vida resulta verosímil por su brevedad más que por la amistad de Jelles o de Meyer. Luego vinieron el elogio y el denuesto, en síntesis, el mito. Pierre Bayle (1657 -1706) se propone mostrar en su Dictionnaire historique et critique [1697] que la vida del más célebre ateo que jamás haya pisado la Tierra fue ejemplar, sin tacha, y que, por lo tanto, la moralidad no es una rama de la religión. Un año más tarde, Sebastian Kortholt – hijo de Christian Kortholt, autor de De tribus impostoribus magnis- comienza a preparar una reedición de la obra de su padre. Los tres impostores son Herbert de Cherbury (1583-1648), Thomas Hobbes (1588-1679) y el mismo Spinoza. Sebastian viaja a Holanda a fin de recoger datos sobre la vida de Spinoza e incorporarlos en la nueva edición [ 1700]. En La Haya habla con el pintor Van der Spyck, dueño de la posada donde falleció Spinoza. Además de informaciones útiles sobre los últimos meses de su vida, Kortholt agrega: una joven docta le enseñó latín; dibujaba y pintaba; se consideró cristiano; tradujo la Biblia al latín. En 1693 el pastor luterano Johannes Colerus (Kohler) alquila habitaciones en la misma pensión. Colerus se interesa por la vida de Spinoza y recurre nuevamente a la memoria del pintor Van der Spyck. En el mismo gabinete de trabajo donde solía escribir Spinoza, Colerus prepara su refutación: “La verdadera resurrección de Jesús Cristo de entre los muertos, defendida contra B. de Spinoza y sus discípulos”. Lee el sermón en la Pascua de 1704 y lo publica junto con una reseña biográfica del filósofo impugnado. Colerus exagera informaciones de Kortholt. Spinoza no sólo pintaba y dibujaba, sino que daba clases de dibujo y pintura. Tradujo el Antiguo Testamento al holandés y echó la traducción al fuego. Nunca se consideró cristiano.

 

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Dos rasgos de la filosofía de Hobbes

Dos rasgos de la filosofía de Hobbes sirven para presentar un argumento adicional a favor de la libertad de expresión que Spinoza retomará en forma explícita. El argumento procede así: si bien es cierto que se puede por la fuerza obligar a un hombre a guardar silencio o a decir lo que no piensa, no es posible coaccionarlo a que crea íntimamente en algo o a que acepte in foro interno como verdadero algo en lo que sinceramente no cree. Además, continúa este argumento, los hombres naturalmente tienden a expresar lo que piensan. Por consiguiente, dado que no es posible modificar las creencias íntimas de un hombre y puesto que es antinatural pretender que un hombre no exprese lo que piensa, censurar los pensamientos de un hombre es imposible y censurar sus expresiones, aunque posible, va en contra de la naturaleza humana. La tendencia a expresar pensamientos es tan básica según Hobbes que incluso se confunde con el origen mismo del lenguaje. Dice en los Elements of Law, I, 5, 14:

“Las pasiones del hombre, así como son el comienzo de todos sus movimientos voluntarios, así también son el comienzo del lenguaje [speech] que es el movimiento de su lengua. Y los hombres, deseando mostrar a los otros el conocimiento, las opiniones, concepciones y pasiones que están dentro de ellos mismos, y habiendo inventado el lenguaje [language] con este fin, por este medio transfirieron todo ese discurso de su mente mencionado en el capítulo anterior, por el movimiento de sus lenguas, en discurso de palabras[ .. .]” (traducción propia).

Esta explicación acerca de por qué y cómo se pone en movimiento el mecanismo de la palabra se complementa con una observación acerca de una de las pasiones fundamentales en la filosofía de Hobbes: el honor.

 

Los argumentos a favor de la libertad de expresión basados en la ecuación entre derecho y poder – I

Durante los primeros quince capítulos del TTP Spinoza procuró distinguir entre filosofía y teología y mostrar que la teología (i. e. la Biblia) concedía a cada individuo libertad de filosofar. A partir del capítulo XVI comienza la última sección del tratado, que es la sección propiamente política. Spinoza la presenta como una investigación que pretende determinar hasta dónde se extiende, en el mejor Estado (in optima Republica), esta libertad de pensar y decir lo que uno piensa (cap. XVI, p. 189). Es decir, si nos guiamos por las propias palabras de Spinoza al comienzo del capítulo XVI, podríamos concluir que en el resto de la obra no se ofrecerán nuevos argumentos tendientes a fundamentar la libertad de expresión, sino tan sólo se buscarán criterios para fijar sus límites. De ser así, la analogía básica que estructura el libro sería el único argumento propiamente dicho a favor de la libertad de filosofar. Intentaré mostrar que éste no es el caso, pues en la sección propiamente política del ITP (capítulos XVI-XX) Spinoza ofrece varios argumentos filosóficamente fundamentados (i. e. que no se basan en las Escrituras).

Comentario sobre Right reason and moral gods

Sospecho que Kavka comete el mismo error que, a mi juicio, cometió Olaso. Consiste en confundir obligación política con verdad o corrección epistemológica. Según Hobbes, tanto la aritmética como la ley natural están compuestas por teoremas infalibles de la razón. Pero los hombres, tanto al razonar sobre problemas de aritmética como cuando lo hacen acerca de la ley natural, son falibles, pueden equivocarse y disputar entre ellos acerca de quién tiene razón. Si desean poner fin a la disputa para evitar que ésta degenere en una pelea violenta, elegirán de común acuerdo un árbitro. El árbitro es un hombre o grupo de hombres, tan falible como aquellos otros hombres que disputaban y lo convocaron. La decisión del árbitro logra evitar la pelea, pero no hay ningún motivo para sospechar que los acerque a la verdad. cursos de maquillaje

En “Right reason and moral gods”, Stephen D. Hudson se refiere a la arbitrariedad de las decisiones del soberano comprendido como árbitro. Aun cuando el problema que se propone resolver Hudson no guarda relación con la libertad de expresión, de todas maneras algunos aspectos de su artículo son pertinentes para mi interpretación. La pregunta que intentara responder Hudson es la siguiente:

“¿Puede Hobbes mantener consistentemente que la ley es la medida del bien y del mal moral?” (p. 134). Confiesa Hudson: “Si puede, entonces habrá logrado algo que yo siempre me sentí inclinado a pensar que era imposible: habrá mostrado que cierto tipo de subjetivismo radical de los valores es compatible con lo que yo considero que es la teoría más razonable acerca de la relación entre razón y verdad moral” (p. 134). Esta teoría es sencilla, pues se limita a formular que la verdad moral es simplemente aquella que se apoya en las mejores razones morales. Si alguien afirma que una determinada acción es mala, se le puede preguntar por qué es mala. cursos de enfermeria

 

Cada hombre piensa por sí mismo

Hobbes observa que la naturaleza humana está constituida de manera tal que cada hombre piensa por sí mismo; tiene una tendencia a expresar lo que piensa y suele actuar guiado por sus creencias (EL, I, 5, 4; Lev., 18). Sin embargo en este párrafo, desde el punto de vista de la ley, Hobbes distingue pensamientos, por un lado, y expresiones y acciones, por otro. La ley, es decir el poder de coacción, no alcanza a los pensamientos pues no tiene poder para modificarlos. Pero la ley alcanza eficazmente a las expresiones y acciones pues éstas pueden ser modificadas mediante el uso, o la amenaza del uso, de la fuerza. Hobbes contrapone el procedimiento del magistrado civil al de los inquisidores. Éstos pretendían examinar lo que una persona cree íntimamente y su método era autodestructivo: nunca, por ese camino, iban a saber si la respuesta del interrogado correspondía a lo que íntimamente pensaba. Otro contexto en el cual puede llegar a producirse un examen de opiniones es el del magistrado civil que se encuentra seleccionando maestros o predicadores. En esta circunstancia el magistrado no se preocupa por averiguar qué opina íntimamente el potencial maestro, sino únicamente si está dispuesto a enseñar una determinada doctrina. En caso contrario, dice Hobbes, puede negarle el empleo.  

 

Apuntalar la obediencia al soberano

El planteo de Hobbes es similar al de la paradoja: si el soberano tiene poder suficiente para imponer determinadas doctrinas y acciones, y si el soberano está sinceramente convencido de la verdad de dichas doctrinas conducentes a la bienaventuranza eterna, entonces ¿por qué no habría de imponerlas? La respuesta de Hobbes no consiste en recomendar la separación entre lo temporal y lo espiritual, ni en defender el derecho de las minorías. Hobbes acepta que el soberano tiene derecho a todo lo que está en su poder, incluso a imponer doctrinas y ritos religiosos. La respuesta de Hobbes consiste en mostrar que el contenido de toda religión, y especialmente el de la religión cristiana, se limita a apuntalar la obediencia al soberano. ¿Cuáles son las doctrinas que llevan al bien eterno? Hobbes las explicita en el capítulo siguiente: Y en lo que concierne a la primera división de la ley en divina, natural y civil, las primeras dos ramas son una misma ley. Pues la ley de la naturaleza, que es también la ley moral, es la ley del autor de la naturaleza, Dios Todopoderoso; y la ley de Dios, enseñada por nuestro Salvador Cristo, es la ley moral” Hobbes establece una equivalencia entre lo que Dios ordena para la salvación y la ley natural. Las leyes de la naturaleza son a las vez preceptos de Dios y teoremas de la razón: puede llegarse a ellas por medio de razonamientos que prescinden de la existencia de Dios, o por medio del examen de las Escrituras, esto es, de la palabra revelada por Dios a los hombres. Un soberano que desea asegurarle a su república el bien eterno estará obligado a velar por el cumplimiento de las leyes de la naturaleza, es decir, buscar la paz, respetar los pactos y, en definitiva, asegurar que se le obedezca. Las doctrinas que contienen artículos concernientes a la divinidad y al reino de Cristo no son leyes sino consejos (EL, idem), y cada uno queda en libertad para seguirlos o no. Al identificar las leyes de la naturaleza y las leyes de Dios, el planteo de Hobbes se vuelve circular. El soberano se esforzará por imponer las doctrinas, reglas y acciones que en su conciencia considere que conducen al bien eterno. Estas doctrinas, reglas y acciones son las leyes de Dios, es decir, de la naturaleza. Entre ellas figuran las que prescriben no ser juez en causa propia, elegir tm árbitro para dirimir controversias, consentir en obedecer la decisión del árbitro, etc. (EL, I, 17, 6-15). Si una primera y superficial lectura de Hobbes da la impresión de que el soberano agobiara a su república con la imposición de ritos, ceremonias y doctrinas religiosas complicadas y poco creíbles, un examen más detallado muestra que finalmente el soberano tan sólo impone las doctrinas que hoy en día suelen figurar en cualquier manual de instrucción cívica.