La crítica de las formas sustanciales – Parte 2

En la rediviva teoría corpuscular se les otorgaban a los cuerpos y a los átomos únicamente aquellas propiedades que la nueva ciencia mecánica tomaba en cuenta (extensión, figura, movimiento) y se les negaban todas las otras propiedades (color, sabor, olor) que el hombre común les adjudicaba acríticamente.

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Ya Galileo Galilei ( 1564-1642) había sostenido que los sabores, los olores y los colores residen en el cuerpo de quien los siente o percibe y no en el cuerpo·percibido. Los cuerpos que percibimos nos causan tales sensaciones por el movimiento y el impacto. Sin embargo, la búsqueda de una materia sin alma y las explicaciones puramente mecanicistas en fisica no fueron conquistas logradas de una vez y para siempre.

Leibniz criticó la identificación cartesiana de cuerpo y extensión geométrica, señalando que en el mundo físico se conserva la fuerza – que no es extensión- y no, tal como supuso Descartes, el movimiento, que es un modo de la extensión. Este descubrimiento lo llevó a rehabilitar una versión propia de las antiguas formas sustanciales. Cuando Isaac Newton (1642-1727) presenta su teoría de la gravitación, algunos interpretaron la fuerza de atracción como si se tratase de una facultad ínsita en las cosas mismas al modo de las formas sustanciales. El propio Newton criticó esta interpretación.

Con gravitación, insistía, no quería decir nada más que el fenómeno observado, del que no ofrecía explicación alguna. Al científico de la naturaleza ya no le interesaba pensar qué era la gravedad, sino tan sólo calcular cómo actuaba. La nueva ciencia calculadora y cuantitativa necesitaba nuevos conceptos. Las herramientas teóricas legadas por el aristotelismo y la Escolástica a la Edad Moderna no eran suficientemente sofisticadas como para que con ellas pudiera efectuarse una crítica a fondo de la doctrina de la sustancia.

La lógica tradicional no distinguía adecuadamente entre, por un lado, términos de individuo y de especie (i. e., Juan, hombre) y, por otro, términos cuantitativos o de masa (i. e., agua, oro, materia). El término hombre puede denotar tanto a un individuo en particular como a la clase formada por todos los hombres.

Hombre se refiere a sustancias individuales y también expresa el predicado que generalmente describe tales sustancias. Pero con términos tales como agua u oro no sucede lo mismo. No hay aguas u oros individuales, salvo en un sentido tan ambiguo que no permite notar una distinción esencial al pensamiento científico. La diferencia entre un hombre y el oro es la diferencia entre lo que puede contarse y lo que puede medirse, y es la diferencia entre una cosa individual y una masa o sustancia en el sentido cartesiano de materia o extensión, o en el más moderno de sustancia química.

La dificultad de pensar la idea de masa (i.e., espacio, oro, agua, etc.) bajo el esquema tradicional de sustancia individual fue, en gran medida, lo que llevó a rechazar la ciencia aristotélico-escolástica durante el siglo XVII y obligó a repensar el concepto de sustancia.

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Autor: leiser-madanes

Leiser Madanes es doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor titular de Filosofía Política en la Universidad Nacional de La Plata. Su principal área de estudio es la filosofía moderna.

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