Hobbes y el Quijote – Parte 14

Contamos con dos fuentes biográficas de Loyola, ambas igualmente útiles a nuestro propósito, la escueta Autobiografía dictada por el propio Ignacio a Luis González de Cámara en 1553 y la monumental hagiografía del padre Pedro de Rivadeneira. Algunos párrafos de la Autobiografía de Ignacio son suficientes para mostrar que la conjetura de Bowle es, al menos, verosímil. Iñigo, escribe su biógrafo, solía malgastar su tiempo en el anacrónico gusto por las novelas de caballería y padecía el consiguiente devaneo que éstas le producían.  «Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías, […] pidió [Iñigo] que le diesen algunos de ellos para pasar el tiempo […].  Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos, tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. […]. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar […]».  «Y fuese su camino de Monserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se determinó a velar sus armas toda una noche sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante del altar de nuestra Señora de Monserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo». Es innecesario documentar la similitud con la prosa de Cervantes.

 

Iñigo reconoce que a lo largo de su vida su principal enemiga ha sido siempre la vana gloria.  «Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra». La vanagloria, definía Hobbes, es la equivocada y exagerada valoración del poder propio con respecto al poder de los demás; es una imaginaria sobrevaloración de las propias fuerzas que lleva a perder terreno en la carrera de la vida. Esta vanagloria es el mal que aqueja al Ignacio militar. Rodeados por los franceses que ya habían tomado Pamplona, los españoles refugiados en el castillo de la ciudad están dispuestos a rendirse «por ver claramente que no se podían defender». Iñigo persuade a su capitán a resistir, «aunque contra el parecer de todos los caballeros». Ni bien ataca el ejército enemigo, una bala de cañón le quiebra una pierna en varias partes y hiera la otra. Los españoles no tardan en rendirse. La incontenible vanagloria puso innecesariamente en riesgo su vida y la de los demás produciéndole lesiones permanentes. Es que Ignacio se proponía «siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, las cuales cuando proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas en obra…».

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Autor: leiser-madanes

Leiser Madanes es doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor titular de Filosofía Política en la Universidad Nacional de La Plata. Su principal área de estudio es la filosofía moderna.

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