Hobbes y el Quijote – 3

Debemos concentrarnos, entonces, en este señor Alonso Quijano, de quien Hobbes dice que es pusilánime. Sabemos algunas cosas acerca de él. Tiene unos cincuenta años, vive con su sobrina y una criada, es soltero y casto, posee algunos bienes cuya administración descuida porque prefiere leer libros de caballería, llega incluso a vender parte de sus tierras para comprar más libros, le gustaba la caza pero ya no la practica, es ocioso. Esto nos informa la novela. Por nuestra parte sabemos – y Cervantes y Alonso Quijano también sabían – que mientras don Alonso estaba encerrado en su habitación leyendo novelas de caballería, hombres como él, vecinos suyos de Castilla y de La Mancha, de un origen social similar, se embarcaban a la conquista del Nuevo Mundo, arriesgando sus vidas y escasos bienes para regresar, algunos de ellos, envueltos en fama y abundante fortuna. «Iglesia, o mar, o casa real», dice Cervantes, quien pierde una mano luchando contra el turco en defensa de su fe y de su patria, que es imperio, mientras el pusilánime Quijano se empobrece y se aísla y sólo es capaz de pasar a la acción disfrazado y en clave de parodia.

Hobbes imagina la vida de un hombre como una carrera cuyo atractivo consiste en superar a los demás. En esta carrera no tenemos ninguna otra meta, ningún otro galardón, más que sobresalir o sobrepasar a otro: «being foremost», dice en inglés. Cada situación que se da durante la carrera ilustra alguna pasión humana. El apetito, la primera de las pasiones, es el esfuerzo de estar en movimiento. La emoción que correspondería a ver que los demás han quedado atrás de nosotros, es la gloria. Pero la vana gloria consiste en perder terreno por mirar hacia atrás. Arrepentimiento es dar marcha atrás. Respirar bien es esperanza y sentirse sin aire es desesperanza. Ser continuamente sobrepasado es sentirse miserable. Por el contrario, la felicidad consiste en sobrepasar al que tenemos delante. La muerte es abandonar la carrera. La magnanimidad equivale a abrirse paso con facilidad («break through with ease») y quien pierde terreno por pequeños inconvenientes («to loose ground by little hindrances») es un pusilánime. Tanto la vana gloria como la pusilanimidad nos llevan a perder terreno en la carrera de la vida. La vana gloria, porque el vanidoso pierde su tiempo al mirar hacia atrás para gloriarse de su superioridad. El pusilánime lo pierde porque se demora en pequeñeces. La metamorfosis de Quijano en Quijote implica la transformación de la pusilanimidad en vana gloria. En la carrera de la vida ambas son diferentes maneras de ir quedando atrás.

Un hombre pusilánime en sentido hobbesiano dista de ser inofensivo. Es potencialmente riesgoso desde un punto de vista político y social pues está a un paso de la locura. El pusilánime Quijano se dedica a leer novelas y progresivamente va desarrollando una forma propia de locura, la locura galante («the galant madness of Don Quixote», dice la cita). A Hobbes no le interesa considerar la locura en tanto enfermedad orgánica, sino como un trastorno de nuestros afectos con consecuencias peligrosas para la vida en común. Cuando el pusilánime Quijano, por efecto de su locura galante, actúa de Quijote, no es en absoluto un hombre cobarde. Todo lo contrario. Ha perdido la cualidad política esencial: el temor a la muerte violenta. Embiste contra cualquiera sin ponderar las consecuencias y arriesga su vida en todo momento, poniendo en peligro la vida de los demás. Muchas de las confusiones del caballero andante no son meros errores, sino temerarios atentados contra la vida y la seguridad de las personas. Don Quijote no tiene el más mínimo temor a la violencia física ni es capaz de imaginar la fragilidad de su cuerpo.

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Autor: leiser-madanes

Leiser Madanes es doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor titular de Filosofía Política en la Universidad Nacional de La Plata. Su principal área de estudio es la filosofía moderna.

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