Richard Mead e Isaac Newton

Richard Mead, médico que entre sus pacientes contó a Isaac Newton, y él mismo miembro de la Royal Society, pretendió conciliar interés particular y bien público. Propuso el siguiente ejemplo:

Dado que la plaga siempre irrumpe en un lugar en particular, es seguro que las directivas del magistrado civil deben ser tales que resulten de interés a las familias descubrir su desgracia, como ocurre cuando se prende fuego una casa, llamar a la asistencia de los vecinos. Pero, por el contrario, los métodos adoptados por la autoridad pública, en esas ocasiones, siempre tuvieron la apariencia de una disciplina severa, e incluso de un castigo, más que de un cuidado compasivo. Lo que naturalmente lleva a los infectados a ocultar su enfermedad tanto como era posible. cursos de maquillaje

La intención de Mead es loable: alinear los intereses del individuo particular con los del conjunto de la sociedad. Pero también es imposible, ya que la primera consecuencia de la plaga es, precisamente, que la persona contagiada constituye un peligro de muerte para sus vecinos; peor aún, la persona sospechada de pestífera es igualmente percibida como peligrosa. Mientras dure la plaga, toda sociabilidad se vuelve imposible. Más convincente resulta el argumento contra las clausuras que propone Nathaniel Hodges, que razona siguiendo la antigua estrategia de los escépticos:

Y esta es la razón por la cual resulta imposible prevenir en una visitación la expansión de la plaga por medio de la vigilancia humana más estricta, dado que es imposible distinguir al enfermo del sano, o que el enfermo mismo sepa que lo está […]. En nada ayudará aislar a los enfermos, a no ser que se pueda ir hacia atrás y encerrar a todos con quienes el enfermo ha hablado, incluso antes de saber que estaba enfermo […] pues nadie sabe cuándo, o dónde, o cómo ha recibido la infección, ni de quién […]. Cuando los médicos nos aseguraron de que el peligro estaba tanto en los enfermos como en los sanos, y que quienes se consideraban totalmente libres a menudo eran los más fatales […] entonces todos comenzaron a recelar de todos […].

Sospecha que carcomió la vida cotidiana de Pepys en el apogeo de la plaga:

14 de septiembre: [Pepys va al Exchange; no ve allí a los hombres de negocios importantes sino a unos 200 hombres comunes]. Y Dios, ver cómo me esforzaba todo lo que era posible en hablar con la menor cantidad de personas que pudiera, ya que ahora ya no se controla si se cierran las casas infectadas, y por lo tanto es seguro que nos encontramos  y conversamos con gente que se ha contagiado la plaga. cursos de enfermeria

Los empleados no querían entrar a las casas de enfermos, para clausurarlas. Por lo tanto, las órdenes de clausura quedaban  sin ejecutar. En esas pocas horas que le quedan de vida, el infectado potencia su capacidad de hacer daño, al tiempo que su cuerpo se vuelve intangible. «A walking destroyer», decía Defoe. Todos evitan tocar a, o ser tocados por, el apestado. Los enfermos, reales o presuntos, gozan de una inesperada inmunidad al poder político. Sin acceso al cuerpo del súbdito no puede ejercerse la fuerza:

Un infectado se levanta súbitamente de su cama, se viste rápidamente. La enfermera logra agarrarlo del abrigo y quitárselo, pero el enfermo huye de la casa. La enfermera corre tras él y pide a los gritos a un guardia que lo detenga. Pero el guardián, asustado por ese hombre, y con temor a  tocarlo, lo dejó ir. El enfermo llega al Támesis y se arroja al río.

El mismo cuerpo del soberano enferma, se debilita y pierde su capacidad de coacción:

[…] vemos a los que la autoridad de las leyes públicas les ha condenado por sus delitos al exilio, que se mofan de ellas porque saben que sus ejecutores están muertos o enfermos, y con ímpetu desenfrenado van de correría por la ciudad […].

Casi simultáneamente con la redacción del Journal of the Plague Year, Defoe escribe algunos artículos periodísticos con ocasión de conocerse que en el sur de Francia, y quizás también en Holanda, han aparecido casos que indicarían la amenaza de una nueva plaga en Europa. Como medida preventiva, el parlamento inglés ordena imponer cuarentena a los barcos que lleguen desde puertos donde se registraron casos de infección. Esta medida de la Cámara de los Comunes es tenazmente resistida por los comerciantes más acaudalados, para quienes semejante límite en el ingreso de mercaderías significa un nada despreciable lucro cesante. Defoe sale nuevamente en defensa del bien público:

Es una observación justa, que podría ampliar aquí, cómo la avaricia endurece a los hombres contra los peligros de toda naturaleza; y cómo los hombres están dispuestos a arriesgar sus vidas, y las vidas de toda una ciudad, e incluso de toda una nación, por sus ganancias presentes. […] No hay pensamiento más bárbaro que arriesgar el bienestar de todo el reino, y la vida de los hombres, mujeres y niños, en beneficio de la desgraciada ganancia de un hombre privado.

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Autor: leiser-madanes

Leiser Madanes es doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se desempeña como profesor titular de Filosofía Política en la Universidad Nacional de La Plata. Su principal área de estudio es la filosofía moderna.

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