El canibalismo en el Antiguo Testamento – PARTE 2

Otros pasajes de la Biblia ayudan a esclarecer el sentido de ([ Reyes 6. En efec­to, en dichos textos se advierte claramente que el canibalismo —valga el anacronis­mo de este término, pues “`caníbales” se llamaban los habitantes de algunas islas del Caribe que practicaban la antropofagia— no es un delito que merece castigo, sino que él mismo es un castigo que impone Dios a los hombres por el delito de desobediencia. Dios castiga al pueblo desobediente imponiéndole una situación de penuria tal que cae en la antropofagia. Por lo tanto, se usa como advertencia:. no desobedezcan —es la admonición de Dios— porque ]os castigaré forzando a la madre a comerse a su hijo. Independientemente del orden histórico en que hayan sido compuestos los libros que forman la Biblia, es legítimo seguir la secuencia canónica de los mismos a fin de encontrar antecedentes del acto caníbal de tr Re­yes 6+ En el Levítico leernos una primera, aunque escuetas advertencia:

Yo soy el Señor, su Dios, el que los hice salir de Egipto para, que no fueran rrr s Sus esclavos. Yo rom -pi Las barras de ski yugo y los hice caminar con la cabeza erguida. Pero si no los obedecen y no cum­plen todos los mandamientos, Si desprecian mis preceptos y muestran aversión por mis leyes; si dejar, de practicar mis rriontiamiento4 y quebranran mi alianza yo, a mi vez, los trataré de la misma manera: Haré . que el terror los domine. […] Y si a pisar de eso no me obedecen y con t indan. ontra.- riánd ame, yo los tratar con indignación y los reprenderé severamente. Reiré mil veces a causa de sus pedidos y comerán la carne de sus hijos y de sus hijas…, (2k; 13 y zs.).

En el Deuteronornio la amenaza es más firme aún:

Paro Si TLD CSCLEChaS ta voz del SOFLOr, tu Dios, y AD te empeñas en practicar todos los man.darnientos

y Fireeeptos que 11.0y te prescribo, caerán sobre ti y te alcanzarán todas e5114 maldiciones_ [-..] Por no haber servido al Señor, tu Dios, con alegría y de todo corazón, mientras lo [caías todo en abundan­cia, servirás a los enemigas que d Señor enviará contra ti, en medio del hambre y la sed, de la des­nudez y de toda case de privaciones. Y él pondrá un yugo en tu cuello, hasta destruirte, El Señor alzará contra ti a una nación lejana, que avanzará, desde las extremos de la tierra con la velocidad del águila. Será una nación cuya lengua no entiendes, un pueblo de aspecto feroz, que no sentirá com­pasión del anciano ni se apiadará del niño. Ella se comerá los productos de tu ganado y los frutos de tu suelo, hasta que quedes exterminado, porque te dejará totalmente desprovisto de trigo, de vino y de aceite, de las crías de tus vacas y tus ovejas, hasta hacerte desaparecer. Sitiará a todas tus ciudades, hasta que se derrumben esas murallas altas e inaccesibles en que habías depositado tu confianza. SI

tc sitiará en todas las ciudades que estén dentro de la tierra que el Seiior, tu Dios, te da. Y duran­te el asedio, será tal la penuria a que te reducirá tu enemigo, quo te comerás hasta cl fruto de tus en­trañas, la carne de tus hijos y de tus hijas, los mismos que el Señor, tu Dios, te había dado. […j El más fino y delicado entre los hombres de tu pueblo mirará con odio a su hermano, a la esposa que dor­mía en sus brazos y a los hijos que todavía le queden, para no compartir con ellos la carne de sus hi­jos: se la comerá él solo, porque ya no le-quedará más nada, en medio del asedio y la penuria a que te reducirá ni enemigo en todas tus ciudades La más fina y delicada entre las mujeres de tu pueblo -tan fina y delicada que ni siquiera .se hubiera atrevido a pisar el suelo con la planta de sus pies— mi­rará con odio al esposo de su corazón, a su hijo y a 5U hija,. y se ocultará para comer la placenta sa­lida de su seno y a los hijos que dé a luz, porque estará privada de todo, en medio del asedio y la penuria a que te reducirá tu enemigo (28: 15 y s.s.).

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Hobbes y el Quijote – Parte 14

Contamos con dos fuentes biográficas de Loyola, ambas igualmente útiles a nuestro propósito, la escueta Autobiografía dictada por el propio Ignacio a Luis González de Cámara en 1553 y la monumental hagiografía del padre Pedro de Rivadeneira. Algunos párrafos de la Autobiografía de Ignacio son suficientes para mostrar que la conjetura de Bowle es, al menos, verosímil. Iñigo, escribe su biógrafo, solía malgastar su tiempo en el anacrónico gusto por las novelas de caballería y padecía el consiguiente devaneo que éstas le producían.  «Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías, […] pidió [Iñigo] que le diesen algunos de ellos para pasar el tiempo […].  Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos, tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. […]. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar […]».  «Y fuese su camino de Monserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se determinó a velar sus armas toda una noche sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante del altar de nuestra Señora de Monserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo». Es innecesario documentar la similitud con la prosa de Cervantes.

 

Iñigo reconoce que a lo largo de su vida su principal enemiga ha sido siempre la vana gloria.  «Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra». La vanagloria, definía Hobbes, es la equivocada y exagerada valoración del poder propio con respecto al poder de los demás; es una imaginaria sobrevaloración de las propias fuerzas que lleva a perder terreno en la carrera de la vida. Esta vanagloria es el mal que aqueja al Ignacio militar. Rodeados por los franceses que ya habían tomado Pamplona, los españoles refugiados en el castillo de la ciudad están dispuestos a rendirse «por ver claramente que no se podían defender». Iñigo persuade a su capitán a resistir, «aunque contra el parecer de todos los caballeros». Ni bien ataca el ejército enemigo, una bala de cañón le quiebra una pierna en varias partes y hiera la otra. Los españoles no tardan en rendirse. La incontenible vanagloria puso innecesariamente en riesgo su vida y la de los demás produciéndole lesiones permanentes. Es que Ignacio se proponía «siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, las cuales cuando proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas en obra…».

Hobbes y el Quijote – Parte 10

En uno de los números de The Spectator, Joseph Addison se ocupa de Hobbes y de su caracterización de la risa como expresión de nuestro desprecio por los demás. Hobbes –dice Addison – considera que el primer motivo de risa es una comparación secreta que hacemos entre nosotros y la persona de la cual nos reímos, en otras palabras, que la risa es la satisfacción que recibimos cuando nos creemos superiores, al ver el absurdo en otras personas. Addison pasa luego a distinguir dos variedades del ridículo en literatura, a saber, la comedia y el burlesco. La primera ridiculiza a personas presentándolas con sus características propias; el burlesco, por el contrario, caracteriza a sus personajes mediante sus opuestos, y es de dos tipos: puede «representar a personas pequeñas con vestimenta de héroes (mean persons in the Accoutrements of Heroes), o a grandes personas actuando y hablando como la gente más baja. Don Quijote es una instancia del primero…» Ahora bien, «mean» en inglés puede decirse en varios sentidos: inferior, pobre, que no se impone por su apariencia, sin nobleza, pequeño de alma, mezquino, secretamente avergonzado. Cervantes cuenta que Alonso Quijano era un caballero empobrecido pero ocioso, un hidalgo de «adarga antigua». No cabría considerarlo «mean» ni en el sentido de pobre ni en el de baja estofa, características propias de Sancho Panza. No es para nada insignificante en apariencia, sino más bien imponente. Quedan las otras acepciones: pequeño de alma, mezquino, secretamente avergonzado. La clave de lo burlesco en la novela de Cervantes, de lo que –según Addison-  Don Quijote es ejemplo y modelo, consistiría entonces en disfrazar de héroe a un hombre de alma pequeña, a un –en términos de Hobbes –pusilánime.

El coraje no siempre es un mérito según Hobbes. Suele implicar el desprecio o la indiferencia hacia las heridas e inclusive hacia la muerte violenta, e inclina a los hombres a la venganza y a quebrar la paz. En los Elements of Law la pusilanimidad no tiene asociaciones de cobardía, sino de aferrarse a pequeñeces, a encontrar excusas que justifiquen la inacción. Es el reiterado aplazamiento ante el más mínimo obstáculo. La indecisión frente a la duda. Cuando Alonso Quijano, en plena actuación de Don Quijote, busca un ejemplo de gloria comparable a la suya, lo encuentra en los conquistadores. Tras referirse a héroes romanos y caballeros andantes, agrega: «Y con ejemplos más modernos ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y asilados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habremos de atender a la gloria de los siglos venideros que en este presente y acabable siglo se alcanza».

Hobbes y el Quijote – Parte 7

Otra acción que indica la pusilanimidad de Alonso Quijano es la de su travestismo. Siente la necesidad de disfrazarse y para ello recurre a unos pocos elementos que tenía a su disposición. Lo mismo le da que sus armas sean de metal oxidado o de cartón. Estos elementos cumplen una función simbólica, más que real. Sólo sirven para representar las armas de la caballería andante. Es un pésimo disfraz. Nadie más que él pensará que está vestido de caballero andante, pero para Quijano es suficiente. Así travestido puede superar su retracción melancólica y hacer algo más que quedarse encerrado en su habitación leyendo novelas de aventuras. ¿Por qué su vestimenta cotidiana, la ropa y los útiles de todos los días lo dejan postrado en la cama y sólo puede actuar cuando se disfraza? A partir del momento que queda travestido, y aún antes de que aparezca en escena Sancho Panza, Alonso Quijano y Don Quijote forman una extraña pareja en la que Quijano da vida y soporta a Don Quijote y Don Quijote pretende ignorar a Quijano.  Cuando se incorpora Sancho se constituye otra pareja, la de Quijano y Sancho, y presenciaremos el esfuerzo de ambos por construir la ficción compartida de caballero y escudero. En su primera y solitaria salida parecen aún primar los rasgos de la pusilanimidad. Luego, tras sus primeras aventuras, por fallidas que sean, surge claramente la vana gloria, que según Hobbes es otra característica del hombre pusilánime. En los campos de Montiel habrá por un lado hombres y mujeres corriendo la hobbesiana carrera de la vida, gozando en mostrarse superiores unos a otros; por otro lado, corriendo otra carrera, imaginaria, estará Alonso Quijano fingiendo ser un gran «desfacedor de entuertos» y pavoneándose de aventuras y amores inexistentes. Inevitablemente esta falsa y vana gloria lo irán convirtiendo en un peligro para la paz pública.

Hobbes y el Quijote – 3

Debemos concentrarnos, entonces, en este señor Alonso Quijano, de quien Hobbes dice que es pusilánime. Sabemos algunas cosas acerca de él. Tiene unos cincuenta años, vive con su sobrina y una criada, es soltero y casto, posee algunos bienes cuya administración descuida porque prefiere leer libros de caballería, llega incluso a vender parte de sus tierras para comprar más libros, le gustaba la caza pero ya no la practica, es ocioso. Esto nos informa la novela. Por nuestra parte sabemos – y Cervantes y Alonso Quijano también sabían – que mientras don Alonso estaba encerrado en su habitación leyendo novelas de caballería, hombres como él, vecinos suyos de Castilla y de La Mancha, de un origen social similar, se embarcaban a la conquista del Nuevo Mundo, arriesgando sus vidas y escasos bienes para regresar, algunos de ellos, envueltos en fama y abundante fortuna. «Iglesia, o mar, o casa real», dice Cervantes, quien pierde una mano luchando contra el turco en defensa de su fe y de su patria, que es imperio, mientras el pusilánime Quijano se empobrece y se aísla y sólo es capaz de pasar a la acción disfrazado y en clave de parodia.

Hobbes imagina la vida de un hombre como una carrera cuyo atractivo consiste en superar a los demás. En esta carrera no tenemos ninguna otra meta, ningún otro galardón, más que sobresalir o sobrepasar a otro: «being foremost», dice en inglés. Cada situación que se da durante la carrera ilustra alguna pasión humana. El apetito, la primera de las pasiones, es el esfuerzo de estar en movimiento. La emoción que correspondería a ver que los demás han quedado atrás de nosotros, es la gloria. Pero la vana gloria consiste en perder terreno por mirar hacia atrás. Arrepentimiento es dar marcha atrás. Respirar bien es esperanza y sentirse sin aire es desesperanza. Ser continuamente sobrepasado es sentirse miserable. Por el contrario, la felicidad consiste en sobrepasar al que tenemos delante. La muerte es abandonar la carrera. La magnanimidad equivale a abrirse paso con facilidad («break through with ease») y quien pierde terreno por pequeños inconvenientes («to loose ground by little hindrances») es un pusilánime. Tanto la vana gloria como la pusilanimidad nos llevan a perder terreno en la carrera de la vida. La vana gloria, porque el vanidoso pierde su tiempo al mirar hacia atrás para gloriarse de su superioridad. El pusilánime lo pierde porque se demora en pequeñeces. La metamorfosis de Quijano en Quijote implica la transformación de la pusilanimidad en vana gloria. En la carrera de la vida ambas son diferentes maneras de ir quedando atrás.

Un hombre pusilánime en sentido hobbesiano dista de ser inofensivo. Es potencialmente riesgoso desde un punto de vista político y social pues está a un paso de la locura. El pusilánime Quijano se dedica a leer novelas y progresivamente va desarrollando una forma propia de locura, la locura galante («the galant madness of Don Quixote», dice la cita). A Hobbes no le interesa considerar la locura en tanto enfermedad orgánica, sino como un trastorno de nuestros afectos con consecuencias peligrosas para la vida en común. Cuando el pusilánime Quijano, por efecto de su locura galante, actúa de Quijote, no es en absoluto un hombre cobarde. Todo lo contrario. Ha perdido la cualidad política esencial: el temor a la muerte violenta. Embiste contra cualquiera sin ponderar las consecuencias y arriesga su vida en todo momento, poniendo en peligro la vida de los demás. Muchas de las confusiones del caballero andante no son meros errores, sino temerarios atentados contra la vida y la seguridad de las personas. Don Quijote no tiene el más mínimo temor a la violencia física ni es capaz de imaginar la fragilidad de su cuerpo.

Hobbes y el Quijote – 1

En los Elements of Law Hobbes hace una breve referencia al Quijote de Cervantes. Este hecho, por sí mismo, no debería llamarnos la atención. El Quijote fue inmensamente popular en Inglaterra desde el momento mismo de su publicación, tal como lo atestiguan sus diversas traducciones y rediciones en inglés. Thomas Shelton se encarga de traducir la primera parte en 1612 y la segunda en 1620.  Se sabe de al menos cuatro o cinco reimpresiones de esta traducción inglesa durante el siglo XVII. Es común afirmar, desde entonces, que Inglaterra se convirtió en la segunda patria del Quijote. John Locke se refiere a ella en dos oportunidades. En el Primer Tratado sobre el Gobierno Civil, escrito contra Robert Filmer y publicado en 1690, dice que si Don Quijote hubiera enseñado a su escudero a gobernar con autoridad suprema, nuestro autor – i.e. Filmer – sin duda habría sido un súbdito leal en la isla de Sancho Panza. Como se ve, se trata apenas de una ironía que sólo es eficaz si se supone que los lectores conocen la obra de Cervantes. La segunda mención es tardía; figura en un escrito menor «Sobre lectura y estudio», de 1703. Allí hace Locke la siguiente recomendación: «De todos los libros de ficción que conozco ninguno iguala en utilidad, agrado y constante decoro (usefulness, pleasentry and a constant decorum) a la Historia de Don Quijote de Cervantes. Y, en efecto, ningún escrito puede ser agradable si no tiene la naturaleza en su base y no está tomado de su copia». Esta referencia es considerablemente más interesante que la anterior, pues ubica la novela de Cervantes en la cima de la literatura y enumera las razones que la hacen merecedora de semejante honor, aun cuando cueste comprender los motivos que encuentra Locke para considerar decorosa una historia en la que el héroe, encerrado en una jaula durante más tiempo que el que tolera la fisiología, habla con su escudero acerca de la diferencia entre aguantarse las «aguas mayores» y las «aguas menores» y que enseña múltiples maneras de mentar a la madre en castellano. Locke poseía cuatro ediciones del Quijote, dos en francés y dos en inglés. Por su parte David Hume en su ensayo «Del criterio del gusto» refiere el episodio en el que Sancho recuerda una competición entre dos parientes suyos acerca del gusto de cierto vino almacenado en una cuba. Con dicho ejemplo intenta Hume mostrar los límites del relativismo acerca del sabor de las cosas. El empírico Hume se siente más próximo al sano sentido común de Sancho que al delirio de su señor; ya se había ocupado del escudero en «De la simplicidad y refinamiento de la escritura», diciendo que «La ingenuidad absurda de Sancho Pancho [sic] esta representada por Cervantes en colores tan inimitables, que entretiene tanto como el retrato del héroe más magnánimo o el más tierno de los amantes». Nuevamente, el autor da por sentado que el lector de sus ensayos conocía la novela de Cervantes

Las categorías modales – PARTE 2

(Continuación parte 1)

La modalidad de los juicios tiene la función de referirse tan sólo al valor de la cópula en su relación con el pensamiento e indica que la cópula por la cual se atribuye a Pérez el predicado “odontólogo” se afirma como posible, real o necesaria. En nada contribuye al contenido del juicio, pues este está dado por su cantidad, cualidad y relación. La forma de los juicios modales permite descubrir cuáles son las categorías empleadas en su elaboración. Los conceptos puros que derivan de los juicios modales problemáticos, asertóricos y apodícticos son: posibilidad-imposibilidad, existencia-no existencia, contingencia-necesidad (A 80; B 106). Kant emprenderá en otra sección de la Crítica la prueba de que dichas categorías son condiciones o formas necesarias del conocimiento.

Los conceptos adquieren significado cognitivo únicamente si se los refiere a una experiencia posible. Si no se los refiere a la experiencia mantienen tan sólo su significado lógico, que no permite conocer algo, sino únicamente pensarlo. Kant traza un esquema para cada concepto, que equivale a un monograma que indica la manera de referirlo a la experiencia. Como la forma o condición de toda experiencia es el tiempo, el esquema es una indicación de cómo referir los conceptos puros a la temporalidad. El esquema de la posibilidad es la determinación de la representación de una cosa en algún tiempo, es decir, una cosa es posible cuando puede ser concebida en algún momento del tiempo. El esquema de la realidad es la existencia en un determinado tiempo. El esquema de la necesidad es la existencia de un objeto en todo tiempo (A 144-145; B 184).